IoT – La comunicación total

Para el año 2020 habrá, 20.000 millones según los más timoratos y 50.000 millones de cosas según Cisco Systems, conectadas a internet y, al decir cosas, no nos referimos a ordenadores, smartphones o tablets sino cosas en el más amplio sentido de la palabra incluyendo seres vivos.

En 2020 se da por terminado el despliegue a nivel mundial de la tecnología 5G, tecnologíah de comunicaciones imprescindible para dar cabida a esta cantidad ingente de dispositivos que nos mantendrán permanentemente monitorizados, queramos o no, para satisfacer nuestros más íntimos deseos.
Todo esto se conoce como “Internet of Things”, internet de las cosas en español, más conocido por sus siglas en inglés IoT.

Todas estas nuevas tecnologías disruptivas, cada vez más alejadas de la comprensión del común de los mortales, dan la sensación de ser pura magia e incluso para algunos el resultado de alguna tecnología extraterrestre del área 51. Sin embargo, si rascamos un poquito veremos que la tecnología básica de todo esto que es el RFID (Radio Frequency IDentification) viene gestándose desde muy atrás.

Ya en la segunda guerra mundial ambos contendientes utilizaban habitualmente el radar para detectar a los aviones enemigos con tiempo suficiente para reaccionar, pero tenían un problema, con los datos que nos facilita el radar es imposible saber si los aviones detectados son enemigos o son los nuestros que vuelven a casa, con el consiguiente peligro para la vida del artista. Para subsanar esto, un tal Watson-Watt del bando aliado caviló el sistema IFF (Identification Friend or Foe – identificación amigo o enemigo en inglés) que consistía en instalar en sus aviones un transpondedor, artilugio capaz de detectar el envío de una onda de radio y devolver la información contenida en su interior; con esto se creaba una micro conversación entre el avión y la base que permitía identificar a los aviones.

Toda esta tecnología durante la segunda guerra y los primeros años de la guerra fría permaneció en secreto en el ámbito militar hasta la década de los 60 en que pasará al ámbito civil. Si bien en esta década se hicieron algunos proyectos en grandes supermercados para detectar el robo de sus productos con sencillas etiquetas basadas en radio frecuencia, habría que esperar a los años 70 para asistir a la estandarización y la aparición de las primeras patentes de dispositivos RFID.

Un dispositivo RFID consiste en un circuito integrado con unos Kb de memoria para almacenar algunos datos y pequeños procesos más una antena que le permite enviar y recibir la información. Atendiendo a si llevan o no una batería estos se dividen en activos y pasivos. Los RFID pasivos no llevan batería y toman la energía de la onda que reciben del lector; tienen tan solo 3 o 4 metros de alcance pero son muy baratos y duraderos, al fin y al cabo solo es una pegatina con un alambre enroscado. Los RFID activos llevan una batería lo que les permite aumentar mucho el alcance y emitir a voluntad, pudiendo actuar por ejemplo como faros para la localización de objetos.

Durante los años 80 y 90 la tecnología RFID se fue extendiendo a todos los ámbitos, primero en el seguimiento de flotas de transporte, seguimiento del ganado para optimizar la aplicación de fármacos y mejorar su alimentación, gestión de almacenes, etc. En 1999, Kevin Ashton del M.I.T., fascinado por las posibilidades de esta tecnología, acuñó el término “Internet of Things”. Pero tan solo eso, por aquellas fechas si bien existía internet estaba muy lejos de lo que tenemos hoy en día; aquellos lectores que halláis superado la treintena, recordaréis que en los 90 las conexiones a internet se hacía a través de módems de 64 K que metían un ruido infernal, de hecho a internet se le llamaba el ciber-despacio.

Hubo que esperar las tecnologías del nuevo milenio, entre ellas el “Cloud Computing” que pone a nuestra disposición un espacio de trabajo no solo ubicuo sino también prácticamente ilimitado, el Blockchain para securizar las comunicaciones, el Bigdata que permite manejar ingentes cantidades de datos, algoritmos de inteligencia artificial como Machine Learning para aplicar sobre esos datos y sacar conclusiones sorprendentes.
Toda esta tecnología se aplicará a sectores tan dispares como la medicina, la logística, la domótica, las ciudades inteligentes o el sector agropecuario prometen hacernos la vida más feliz y de paso hacernos un poco más zánganos si cabe, pero esto da para otro post.

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